Todos aguardaban en un silencio que pesaba como una losa.
El aire estaba denso, sofocante, como si cada respiración doliera.
Pero nada sucedía.
El rey Alfa seguía tendido, inmóvil, ajeno a las súplicas, ajeno al mundo.
Los murmullos comenzaron a crecer como un eco inquietante.
La desesperación calaba hasta los huesos. Algunos, con el corazón roto, empezaban a rendirse… y a pensar lo peor.
—¡El rey Alfa no despierta! —la voz del líder del consejo rompió el silencio con un tono grave y sombrío—. Q