Luna Elara alzó la mirada, y sus ojos —enrojecidos por el llanto— brillaron con un destello de esperanza que se aferraba a la última chispa de fe.
—¡¿Cuál?! —su voz se quebró, desgarrada por la desesperación—. Por favor… ¡Ayúdame!
Narella respiró hondo, como si estuviera a punto de revelar un secreto que podía cambiarlo todo.
Caminó despacio hasta el lecho, y alargó la mano sobre el cuerpo inmóvil del Rey Alfa, sin llegar a tocarlo.
De pronto, desde la palma abierta de Narella, emergió una tenue