Bea recordó cada palabra del curandero, ese hombre anciano que había sido llamado de urgencia tras la batalla.
Él había atendido a su hijo con devoción, usando hierbas, ungüentos y antiguos rezos de luna.
Sus manos temblaban al retirar las vendas manchadas de sangre seca, y el silencio que reinaba en la sala solo lo rompía la respiración entrecortada de Bea, que se aferraba a la esperanza como si fuese lo único que le quedaba.
El curandero revisó con sumo cuidado las heridas, palpó el pecho de