El rey estaba desesperado.
La sala del trono vibraba con un silencio tenso, roto solo por el murmullo de los generales y por el crujir de las armaduras; afuera, en el horizonte, se percibía un movimiento que cortaba la calma como un cuchillo: no solo había un ejército rebelde que amenazaba desde dentro, sino que, por el norte, avanzaba el temido ejército de Rosso, con sus banderas oscuras ondeando como presagios de guerra.
Crystol sintió que el piso se abría bajo sus pies; la responsabilidad le