EMELY.
La mansión recuperó por unas horas un calor que creíamos perdido. Ver a Magnus abrir sus regalos con esa sonrisa contenida, a Selene admirando las telas, Aleria sonreír con todas los implementos de pintura que le compramos y a los niños con sus armarios llenos, fue el bálsamo que necesitábamos. Me sentía renovada, con el peso un poco más ligero tras la carrera en el valle y las risas en la ciudad.
Estaba terminando de acomodar las últimas prendas de los bebés cuando Selene se asomó a la