EMELY.
Olivar terminó de servir y no me dejó tocar los cubiertos. Había preparado tres platos diferentes: el salmón perfectamente sellado, una crema espesa con especias que olía a gloria y el postre de chocolate que me había prometido.
—Siéntate —me ordenó con suavidad, acercando una de las banquetas de la isla.
—Puedo comer sola, Olivar —le dije, estirando la mano hacia el tenedor, pero él me la apartó con delicadeza y tomó el cubierto primero.
—Lo sé, pero quiero consentirte —respondió, y el