EMELY.
El silencio que siguió a sus palabras fue aterrador. Sentí un frío súbito recorrerme la espalda. No era una posibilidad lejana; era una amenaza inminente que latía dentro de mí.
—¡Basta! —rugió Olivar desde el rincón.
Se acercó a la cama en dos zancadas, apartando a la enfermera con un movimiento brusco. Su rostro estaba desencajado por una mezcla de terror y furia ciega. Me tomó la cara entre las manos, obligándome a mirarlo. Sus palmas quemaban contra mi piel, pero sus ojos azules esta