EMELY.
Me quedé sentada en el borde de la cama, sintiendo el cuerpo pesado y el alma todavía más. Selene y Aleria estaban conmigo, moviéndose de un lado a otro por la habitación con una energía que yo no lograba alcanzar. Tenía que vestirme, pero mis movimientos eran limitados y torpes; entre las secuelas y el embarazo, cada esfuerzo se sentía como escalar una montaña.
—¿Este, Emely? —preguntó Aleria, sosteniendo un vestido de seda azul frente a mí—. ¡Te verías como una reina!
—Cualquiera está