OLIVAR.
Me acomodé en el asiento de cuero, sintiendo la vibración del motor bajo mis manos mientras dejaba atrás la seguridad de la mansión. Sabía que Emely me miraba desde el salón, que su corazón latía al ritmo del mío a través del auricular. El camino a los Cedros Caídos era largo, y no quería que el veneno de la traición fuera lo único que llenara nuestros oídos antes de llegar al infierno.
—Escúchame, pequeña —dije, manteniendo la vista fija en el asfalto que se perdía entre los pinos—. Va