EMELY.
Después de que la cena terminara y el silencio se apoderara de la planta baja, acomodé a los bebés en sus cunas en la sala. Vigilados por Magnus quien es un abuelo feliz y además por un par de centinelas en la puerta. Caminé hacia el despacho de Olivar.
Él estaba sumergido entre carpetas de cuero, pantallas con gráficos bursátiles y documentos sellados. Se quitó los anteojos de descanso y se frotó el puente de la nariz, suspirando con pesadez.
—¿Qué haces a estas horas, Alfa? —le pregunt