EMELY.
La luz de la luna se filtraba por el ventanal, iluminando las cunas donde nuestros bebés ya dormían profundamente, despues de la gran celebración que tuvimos esta tarde.
Me acerqué a la cama y, con movimientos lentos, empecé a desabotonar el vestido de gala. Sentía la mirada de Olivar quemándome la espalda; estaba recostado contra el cabecero, observándome con esa intensidad que siempre me aceleraba el pulso.
—Fue una ceremonia perfecta —murmuré, dejando que la seda roja cayera al suelo