EMELY.
—Aleria, cielo —dije, tratando de que mi voz no delatara el temblor de mis manos—, ¿esa sombra tiene rostro?
La niña ladeó la cabeza, su cabello oscuro cayendo sobre el dibujo.
—No tiene cara, Emely. Es como el humo después de un incendio. Pero no mira a las flores... te mira a ti. Busca el calor que tienes dentro —respondió sin pestañear.
Selene soltó un suspiro largo y terminó de ajustar la costura del hombro. Se puso de pie y me obligó a mirarla. Sus ojos, los mismos ojos de Olivar, b