EMELY.
No era solo el Alfa hablando; era el hombre que estaba dispuesto a desafiar a la misma naturaleza por mí.
—Mírame, Emely —me ordenó con la voz ronca, filtrada por una emoción contenida—. Escúchame bien. No me importa lo que digan los textos antiguos, ni lo que dicten las leyendas de los Lobos de Ceniza. Tú no eres una herramienta de destrucción y no vas a terminar convertida en humo.
Él me apretó los dedos, transmitiéndome un calor que parecía quemar el frío que las palabras de Magnus ha