EMELY.
A pesar de que intentaba mantener la compostura, sus ojos delataban una tormenta interna que no podía frenar. Me tomó de las manos, y aunque su contacto era cálido, sentí que sus dedos temblaban imperceptiblemente.
—Tienes que estar tranquila, Emely. Por los bebés, por nosotros... —me dijo, buscando mis ojos con una intensidad desesperada—. Pero no puedo ocultarte esto.
El aire se volvió irrespirable. Selene se quedó estática a mi lado, y yo sentí cómo Kia se erizaba, reconociendo el olo