EMELY.
Entramos en la boutique de gala más exclusiva del centro comercial. El silencio aquí era distinto: alfombras gruesas que tragaban el sonido de nuestros pasos y un aroma a sándalo y seda cara. Un dependiente de traje impecable se acercó de inmediato, analizando el porte de Olivar y la joya que brillaba en mi cuello.
—Bienvenidos. ¿Buscan algo específico para la señora? —preguntó con una reverencia casi imperceptible.
Olivar no soltó mi mano. Su mirada recorrió los maniquíes con una exigen