EN EL ALTAR.
OLIVAR.
Me ajusté el nudo de la corbata frente al espejo, pero mis dedos no buscaban la perfección del traje, sino la firmeza de quien se prepara para una batalla. Sentía la adrenalina recorriéndome la espalda, una corriente eléctrica que me mantenía los sentidos en un estado de alerta animal. A mi lado, mi padre, Magnus, revisaba su reloj de pulsera con una parsimonia que solo los años de mando otorgan, pero su mirada no se apartaba de la ventana que daba a los jardines.
—Los perímetros norte