OLIVAR.
Me planté frente al arco de flores, sintiendo el peso del acero y la responsabilidad en los hombros. A mi espalda, Garino y Sebastián se acomodaron en formación, vigilando el bosque con la mano cerca de las armas. No había espacio para errores; el aire olía a incienso y a aceite de fusil.
En las primeras filas, la doctora Elena intentaba disimular su palidez, escoltada por la esposa de Garino. El pequeño Jako correteaba con Aleria cerca del altar, una mancha de inocencia en medio de un