EMELY.
Sentí cómo la presión en mi mente disminuía cuando Varko se alejó un par de pasos. El inmenso lobo negro sacudió su pelaje, y en un parpadeo, la imagen volvió a distorsionarse. Fue un proceso rápido, pero no menos impresionante: el pelaje se retrajo, los huesos volvieron a crujir buscando su lugar original y, en cuestión de segundos, Olivar estaba de pie frente a mí, desnudo bajo la luna, recuperando su aliento humano.
Él no dijo nada de inmediato. Con movimientos mecánicos y precisos, c