EMELY.
Olivar me ayudó a incorporarme, pero sus movimientos no eran suaves; tenían una urgencia que me puso en alerta. Mis piernas se sentían como gelatina, pero su brazo firme me sostuvo por la cintura.
—¿A dónde me llevas? —pregunté, tratando de soltarme, aunque el simple esfuerzo me dejaba sin aire.
—Es hora de que aceptes tu realidad, Emely. No podemos esperar más —sentenció con esa voz de mando que hacía que mis vellos se erizaran.
—¡Yo no voy a ninguna parte! —exclamé, plantando los pies—. No voy a entrar en tu juego de monstruos y leyendas. Déjame dormir.
Pero Olivar no escuchó razones. Antes de que pudiera protestar, me cargó en vilo. Sus brazos eran como vigas de acero y el calor que desprendía su pecho me envolvía de una forma que me cortaba la voluntad. Su aroma, una mezcla de bosque, tormenta y algo puramente salvaje, me mareaba, nublando mis sentidos y haciendo que mis quejas se quedaran atrapadas en mi garganta.
Me sacó de la mansión, cruzando los pasillos de piedra hast