EMELY.
Olivar me ayudó a incorporarme, pero sus movimientos no eran suaves; tenían una urgencia que me puso en alerta. Mis piernas se sentían como gelatina, pero su brazo firme me sostuvo por la cintura.
—¿A dónde me llevas? —pregunté, tratando de soltarme, aunque el simple esfuerzo me dejaba sin aire.
—Es hora de que aceptes tu realidad, Emely. No podemos esperar más —sentenció con esa voz de mando que hacía que mis vellos se erizaran.
—¡Yo no voy a ninguna parte! —exclamé, plantando los pies—