EMELY.
La doctora cierra su maletín con un clic metálico que suena como una sentencia definitiva en el silencio de la habitación. Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz como si las paredes de la mansión tuvieran oídos, y su mirada se vuelve extrañamente intensa.
—Emely, tienes una opción que nadie te ha mencionado —me dice, y su tono es tan serio que me obliga a prestarle toda mi atención—. Puedes elegir si quieres tener o no a ese bebé.
La miro sin entender del todo, con el corazón martil