EMELY.
La doctora cierra su maletín con un clic metálico que suena como una sentencia definitiva en el silencio de la habitación. Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz como si las paredes de la mansión tuvieran oídos, y su mirada se vuelve extrañamente intensa.
—Emely, tienes una opción que nadie te ha mencionado —me dice, y su tono es tan serio que me obliga a prestarle toda mi atención—. Puedes elegir si quieres tener o no a ese bebé.
La miro sin entender del todo, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—¿A qué se refiere?
—Puedes abortar —suelta sin rodeos. El aire parece escaparse de la habitación—. Olivar es el Alfa Supremo, sí, pero no puede obligarte a traer este cachorro al mundo si eso significa tu muerte. Tu cuerpo sigue siendo tuyo, aunque él crea que le perteneces.
Me quedo helada, procesando sus palabras. Mis manos, de forma instintiva, se cierran sobre mi vientre, protegiendo ese calor extraño que ya siento como parte de mí.
—¿Me está proponiendo... que