EMELY.
El auto de Olivar se alejó por la carretera, dejándome con un nudo en la garganta y la piel todavía encendida por su beso. Me acomodé en el asiento, tratando de calmar los latidos de mi corazón mientras mis manos, por instinto, seguían protegiendo mi vientre. A mi lado, el silencio en la cabina era absoluto, solo interrumpido por el motor del vehículo.
El lobo que conducía, uno de los guerreros más leales y antiguos de la guardia personal de mi marido, no apartaba la vista del camino. Ol