OLIVAR..
Me acerqué a ella en la penumbra del asiento trasero, ignorando por completo el mapa que parpadeaba con urgencia en la pantalla. Necesitaba borrar el rastro de ese imbécil de su piel, sofocar cualquier eco de las palabras de Arles con mi propia presencia. La tomé por la nuca, hundiendo mis dedos en su cabello con una mezcla de hambre cruda y posesividad salvaje, y la besé. Fue un beso dominante, cargado de la furia de mi lobo y del amor desesperado del hombre, sellando el hecho de que