EMELY.
El estruendo del metal retorciéndose y el silbido de las balas impactando contra el blindaje crearon una sinfonía de muerte a nuestro alrededor. El aire dentro del auto se volvió denso, cargado de pólvora y el aroma agrio de la traición que intentaba filtrarse en mis poros, pero que Kia, mi loba, devoraba para transformarlo en adrenalina pura.
—¡Contesta, maldita sea! —grité, golpeando el panel del teléfono encriptado que Owen me había pasado.
La señal chisporroteó entre interferencias a