EMELY.
Antes de cruzar el umbral hacia el garaje, Selene nos detuvo en el vestíbulo. Tenía esa expresión de madre preocupada.
—Tengan mucho cuidado —nos advirtió, recorriendo con la mirada a Olivar y luego a mí—. El mundo exterior no es nuestra mansión.
Olivar le dedicó una sonrisa cargada de una seguridad casi arrogante, esa que solo un Alfa que conoce su fuerza puede permitirse.
—No te preocupes, madre —respondió él, ajustándose la chaqueta—. Ese tipo está herido, escondido en algún agujero l