OLIVAR.
—Que así sea —concluí, cortando la llamada antes de que pudiera decir nada más.
Garino me miró de reojo. El velocímetro marcaba una velocidad que rozaba el peligro, pero ninguno de los dos hizo ademán de frenar.
—Si Sebastián dice que lo encontrará, lo hará —murmuró Garino, tratando de inyectar una pizca de calma en el aire cargado de ozono—. Ese hombre ha pasado más tiempo con los muertos que con los vivos; si alguien sabe cómo romper un pacto de almas, es él.
—Más le vale —respondí, c