OLIVAR.
Salí al balcón de piedra de la mansión, buscando que el aire gélido de la noche me ayudara a apagar el incendio que llevaba por dentro. La oscuridad del bosque se extendía frente a mí como un océano de sombras, pero mis ojos estaban fijos en lo alto. La luna brillaba con una claridad insultante, casi llena, recordándome que el tiempo se nos escurría entre los dedos.
—¿Es eso lo que quieres? —susurré, apretando la barandilla con tanta fuerza que el mármol empezó a crujir— ¿Quieres cobrar