Ya había amanecido. Dakota dormía exhausta entre los brazos de Alekos.El teléfono sonó. Alekos lo tomó y leyó en la pantalla: era un mensaje de Xandro.
“Tenemos al ruso.”
Alekos suspiró. Todo empezaba, por fin, a ordenarse.
Se levantó con cuidado para no despertarla, se dio una ducha rápida y se vistió de manera informal. Luego fue a la cocina y preparó el desayuno. Al pasar por el recibidor, vio el bolso con la ropa de Dakota; lo tomó y lo llevó al dormitorio, donde ella aún dormía profundamente.
Terminó de preparar el desayuno, acomodó todo en una bandeja y regresó al cuarto. Abrió las cortinas dejando que la luz llenara el ambiente.
—Arriba, remolona. No me hagas sacarte de la cama —dijo sonriendo.
—Buenos días… ¿es para mí? —preguntó ella, mirando la bandeja.
—Sí, señora Ravelli. Come tranquila, iré a llenar la tina. Saldremos en un rato —anunció Alekos.
—¿A dónde? —preguntó, aún con la voz adormecida.
—Al hospital. No puedo verlo, pero quiero hablar con Patrick.