Xandro observaba al médico trabajar sobre la camilla. Patrick tenía el ceño fruncido, y la mirada clavada en la herida del hombre.
—Es una herida de bala, Xandro. Tengo que llamar a la policía —advirtió Patrick con firmeza.
—Si lo haces, la noticia vuela… y Charles va a desaparecer. Hace más de dos meses que viven exiliado —respondió Xandro, conteniendo la impaciencia.
Patrick alzó la vista.—Te doy doce horas. Eso es lo máximo. No siempre puedes salvarlos a todos.
—Es mi familia, Patrick replicó Xandro.
—Doce horas —repetió el médico, inflexible—. Ni un minuto más.
Doce horas para que el idiota hablara. Nada más.
Cuando terminaron de vendarlo, Xandro entró al cuarto acompañado por Pedro. El hombre en la camilla —Robert— lo miró con odio, sudando del dolor.
—¿Dónde está Charles? —preguntó Xandro sin rodeos.
—No sé de qué me habla. Solo quería robarlos —espetó Robert.
—¿Y por eso mataste al custodio? —replicó Xandro, sin levantar la voz.
—Quería las joyas de la mujer. Es todo