Alekos Ravelli observó el caos en cuanto los custodios entraron en la casa de campo. Charles ya no estaba.
La escena era aterradora; Charles había abusado de la esposa de Toribio y la había golpeado hasta dejarla inconsciente. El café que él mismo había preparado seguía caliente; no podía haber escapado hacía mucho.
Alekos ordenó con frialdad.
—Patrick, manda al personal médico. Y que Daiana se ocupe de ella. Esa mujer va a necesitar toda la ayuda posible.
Xandro evaluaba la zona.
—Organizaré la búsqueda. Está huyendo a pie. No debe estar lejos.
—Voy contigo —dijo Alekos.
—¿Estás loco? Ese enfermo te quiere muerto, Alekos. No vas a ir.
—O voy con ustedes o voy solo.
Sonó el teléfono.— Es Dakota.
Xandro murmuró.
—Dile que vas a perseguir a un asesino.
Alekos frunció el ceño, respiró hondo y contestó.
—Hola, amor. ¿Cómo está todo por ahí?
—Preocupada por ti —respondió Dakota, con la voz temblorosa—. Dijiste que ibas a volver. ¿Qué está pasando, Alekos?
—Nad