—Buenas noches, señora Ravelli. Soy Fabiola, me quedaré con usted.
—¿Cuándo veremos a Xandro? —preguntó Dakota.
—Lo verá en el penthouse. No podemos llevarla a la casa de campo, es demasiado peligroso —respondió Fabiola.
Helena la tomó del brazo suavemente.
—Dakota, piensa bien lo que harás.
Dakota llamó al número de Alekos.
—Ya estoy en Cerdeña. Mañana tendrás tu dinero —le informó.
—Qué buena noticia —respondió Charles—. Alekos, nuestra sirena ha llegado.
—Ponlo al teléfono o no hay trato —exigió ella.
Alekos dijo débilmente.
—Te pedí que no vinieras…
—No podía quedarme. Mañana todo termina —dijo ella.
—Cuando tengas la plata, llámame y te diré qué vas a hacer. Que descanses, mi bella sirena —respondió Charles y cortó.
—Mañana me voy a follar a tu esposa delante de ti —le dijo a Alekos entre risas.
En el penthouse, Dakota miraba el maletín con el dinero mientras esperaba a Xandro.
—Necesito una mochila chica, Helena, para que entre un millón —dijo Dakot