El silencio se extendió por la cabaña como un eco lento. Las llamas de las velas titilaban. El agua del cuenco comenzó a agitarse, sin que nadie la tocara.
Ailén volvió a colocar las manos sobre el libro, pero este se cerró de golpe con un sonido seco. Las runas grabadas en su tapa brillaron con una luz azulada y luego se apagaron por completo.
—Ha hablado lo que debía —dijo con voz baja—. Por ahora.
Lucía dio un paso adelante, inquieta.
—¿Y si esa elección ya está en marcha? ¿Y si ya hemos cru