Grietas que pueden ser puertas.
La puerta de la cabaña se abrió sola antes de que alguien tocara.
Una mujer de cabello blanco como la espuma del mar los esperaba del otro lado. Su presencia era serena pero poderosa, como si la bruma misma obedeciera a su voluntad.
—Han tardado —dijo Ailén, su voz cargada de ecos—. El libro lleva días despierto… y no le gusta lo que está por venir.
Elena se adelantó, sujetando el libro con ambas manos.
—¿Puedes leerlo?
Ailén la observó con detenimiento. Luego asintió.
—Puedo. Pero no será fáci