El ritual fue sencillo.
No hubo ceremonia lujosa, ni discursos interminables. Solo un círculo de piedras bajo los árboles, flores silvestres recogidas por Lucía, y una antorcha encendida por las manos de Amadeo.
Ailén descansaba envuelta en telas blancas, sobre una losa de piedra. A su alrededor, símbolos antiguos trazados con polvo de Saelith y raíces. El fuego no la consumía; la elevaba.
—El fuego no se apaga —dijo Elena, con la voz serena pero firme—. Cambia de forma. Arde en nosotros ahora.