La noche había caído como un sudario sobre el bosque. No había estrellas. Solo un cielo inmóvil, mudo. Como si incluso el firmamento temiera respirar.
Elena no dormía.
Sentada frente al círculo de protección donde Eidan descansaba, con Lucía a su lado canalizando una red de runas menores, sentía que algo se removía aún en la distancia. No era magia. Era otra cosa. Un presentimiento, un vacío demasiado familiar.
A sus espaldas, el fuego crepitaba. Ailén se acercó sin hacer ruido, envuelta en su