El silencio posterior al hechizo era espeso, como si incluso el templo contuviera el aliento.
Ailén observaba la piedra flotante ahora reposando en el centro del círculo. El resplandor blanco aún latía suavemente, como una herida recién cerrada. Elena permanecía de pie frente a ella, con la mirada fija en las runas, pero los músculos tensos. No se había movido desde que el conjuro se completó.
Darek, apoyado contra una de las columnas, la vigilaba en silencio. Aunque Ailén los estaba ayudando,