El segundo día del entrenamiento comenzó con el templo envuelto en una neblina baja. El aire era denso, como si el propio tiempo se hubiera detenido, en vilo, esperando el desenlace de lo que allí se preparaba. Elena, envuelta en un manto sencillo, caminó hacia el círculo de invocación que Ailén había reforzado durante la noche. Su rostro estaba tenso, pero sus pasos eran firmes.
Ailén aguardaba sentada sobre una roca cubierta de líquenes, el cabello suelto, más recuperada gracias a la magia de