Gael, Edmund y Jenny permanecían reunidos en la sala de la casa, sumidos en un silencio espeso, cargado de miedo y urgencia.
El tic tac del reloj parecía golpearles las sienes. Cuando Zacarías finalmente cruzó la puerta, los tres levantaron la mirada al mismo tiempo, como si en él descansara la última esperanza que les quedaba.
Jenny fue la primera en romper el silencio. Su voz temblaba.
—No hemos querido decirle nada a papá… —confesó—. No queremos que se enferme. Esto podría matarlo.
Zacarías n