Gael, Edmund y Jenny permanecían reunidos en la sala de la casa, sumidos en un silencio espeso, cargado de miedo y urgencia.
El tic tac del reloj parecía golpearles las sienes. Cuando Zacarías finalmente cruzó la puerta, los tres levantaron la mirada al mismo tiempo, como si en él descansara la última esperanza que les quedaba.
Jenny fue la primera en romper el silencio. Su voz temblaba.
—No hemos querido decirle nada a papá… —confesó—. No queremos que se enferme. Esto podría matarlo.
Zacarías no respondió de inmediato.
Caminó hacia ella y la envolvió en un abrazo largo, firme, como si intentara transmitirle una seguridad que ni él mismo tenía.
Sentía el peso de todas esas miradas sobre su espalda, el peso de decisiones que no deberían recaer sobre un solo hombre.
Edmund carraspeó, serio, con el rostro endurecido por la realidad.
—La empresa no tiene la liquidez suficiente para cubrir esa cantidad —dijo sin rodeos—. Si lo hacemos, desestabilizaríamos todo. Pondríamos en riesgo a ciento