—Nana… él no creyó en mí —dijo Camely con la voz quebrada—. En mi peor momento me dio la espalda. Me abandonó cuando más lo necesitaba y, por su ausencia, caí en las redes de esos monstruos.
Al pronunciar esas palabras, el pecho le ardió como si el pasado volviera a abrirse paso a la fuerza. No hablaba solo de traición; hablaba de soledad, de miedo, de noches interminables en las que sintió que el mundo entero se había confabulado para destruirla.
—Incluso si Zacarías es inocente —continuó, respirando con dificultad—, tendría que demostrarlo. Yo no puedo permitirme volver a caer en una trampa. No otra vez. No después de todo lo que perdí.
Nana María la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho. El abrazo era tibio, protector, como los de antes, cuando Camely aún creía que el amor bastaba para salvarlo todo.
—Hija… —susurró—, has sufrido demasiado. Nadie tiene derecho a juzgar tus decisiones después de lo que viviste.
Camely cerró los ojos. Las lágrimas rodaron en silencio.
—Algú