Zacarías entró en la habitación de Gala con pasos lentos, casi temerosos. El aire estaba cargado de un silencio denso, interrumpido solo por el sonido ahogado de los sollozos. Gala estaba sentada en la cama, encogida, con los brazos, rodeándose a sí misma como si el mundo fuera demasiado grande y cruel para soportarlo.
Al verlo, levantó el rostro empapado en lágrimas.
—¡Zac…! —su voz se quebró—. Tengo miedo, por favor… no me dejes sola.
Antes de que él pudiera reaccionar, ella se lanzó a sus brazos. Su cuerpo temblaba con una fragilidad estudiada, precisa.
Zacarías dudó apenas un segundo, pero luego la rodeó con los brazos, sintiendo una profunda lástima atravesarle el pecho.
No era amor lo que sentía, era culpa, compasión, una responsabilidad que no había pedido, pero que ahora parecía inevitable.
—Tranquila… estoy aquí —murmuró, acariciándole el cabello—. Nadie volverá a hacerte daño.
Gala cerró los ojos, escondiendo una sonrisa imperceptible contra su pecho.
Durante años había inten