Zacarías entró en la habitación de Gala con pasos lentos, casi temerosos. El aire estaba cargado de un silencio denso, interrumpido solo por el sonido ahogado de los sollozos. Gala estaba sentada en la cama, encogida, con los brazos, rodeándose a sí misma como si el mundo fuera demasiado grande y cruel para soportarlo.
Al verlo, levantó el rostro empapado en lágrimas.
—¡Zac…! —su voz se quebró—. Tengo miedo, por favor… no me dejes sola.
Antes de que él pudiera reaccionar, ella se lanzó a sus bra