Al día siguiente, el amanecer se filtró por la ventana con un frío silencioso, como si el mundo contuviera la respiración, presintiendo que algo estaba a punto de romperse para siempre.
La luz era pálida, casi mortecina, y se colaba entre las cortinas sin conseguir calentar la habitación; el aire parecía cargado de presagios, y cada sombra en la casa se sentía más larga y pesada de lo habitual.
Jenny ya no estaba.
Había salido antes de que el sol se asomara por completo, sin avisar a nadie, sin dejar notas, sin explicar nada. No hizo ruido al cerrar la puerta, pero cada golpe sordo que produjo al cerrarse resonó en la mente de quienes quedaban atrás.
Su marcha no era de un lugar físico, sino de sí misma; huía de la tormenta de emociones que la consumía desde adentro.
Su corazón latía con violencia, como si intentara escapar de su pecho, y sus manos temblaban mientras ajustaba su bolso, cada movimiento cargado de la urgencia de quien corre contra el destino que teme enfrentar.
Camely fu