Al día siguiente, el amanecer se filtró por la ventana con un frío silencioso, como si el mundo contuviera la respiración, presintiendo que algo estaba a punto de romperse para siempre.
La luz era pálida, casi mortecina, y se colaba entre las cortinas sin conseguir calentar la habitación; el aire parecía cargado de presagios, y cada sombra en la casa se sentía más larga y pesada de lo habitual.
Jenny ya no estaba.
Había salido antes de que el sol se asomara por completo, sin avisar a nadie, sin