—¡Lo haré! —exclamó Gala, con la voz rota, avanzando un paso hacia él, como si acortar la distancia pudiera salvarla—. Mi amor, lo haré por ti. Conseguiré las pruebas. Haré que salga a la luz que mi padre, Romina y Edmund fueron quienes mataron a Camely. Yo no tuve nada que ver… lo juro. ¡Por mi vida que lo haré!
Las palabras brotaban atropelladas, cargadas de desesperación. Era como si el tiempo se hubiera comprimido en ese instante y aquel juramento fuera su último recurso para no perderlo todo.
Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de miedo y esperanza; lágrimas contenidas temblaban en sus pestañas, pero Gala se negó a dejarlas caer. No podía mostrarse débil frente a él. No ahora. No cuando estaba apostándolo todo.
Zacarías la observó en silencio. No hubo en su rostro ni un atisbo de compasión.
Su mirada estaba cargada de odio, de un desprecio frío y calculado que le atravesó el pecho como una daga lenta. Durante largos segundos no dijo nada, como si analizara cada sílaba, com