Romina y Gael regresaron a la casa cuando el cielo comenzaba a oscurecer, como si la noche misma se preparara para ser testigo y cómplice de lo que estaba a punto de revelarse. Las primeras sombras se filtraban por los ventanales, alargando las figuras dentro del salón y dándoles un aspecto distorsionado, casi monstruoso.
El aire era espeso, cargado de una electricidad inquietante, como si las paredes hubieran absorbido demasiados secretos y estuvieran a punto de colapsar bajo su peso.
Edmund ya se encontraba allí.
Estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
Su mirada estaba fija en un punto invisible del suelo, tan quieta que resultaba perturbadora. No había rastro de cansancio ni de preocupación en su expresión.
No parecía un hombre acosado por la culpa ni por el miedo. Parecía un estratega. Un animal paciente, calculador, que repasa mentalmente cada escenario posible antes de at