En el hospital, el aire estaba cargado de una electricidad densa, casi irrespirable, como si las paredes mismas presintieran la tormenta que estaba a punto de estallar.
Gala permanecía de pie frente al espejo, observando su reflejo con atención casi obsesiva. La luz blanca resaltaba sus facciones pálidas, pero en sus ojos no había fragilidad alguna, sino una satisfacción torcida, peligrosa, que se curvaba en la comisura de sus labios.
A su alrededor, el personal médico recogía expedientes, apaga