En el hospital, el aire estaba cargado de una electricidad densa, casi irrespirable, como si las paredes mismas presintieran la tormenta que estaba a punto de estallar.
Gala permanecía de pie frente al espejo, observando su reflejo con atención casi obsesiva. La luz blanca resaltaba sus facciones pálidas, pero en sus ojos no había fragilidad alguna, sino una satisfacción torcida, peligrosa, que se curvaba en la comisura de sus labios.
A su alrededor, el personal médico recogía expedientes, apagaba monitores, desconectaba cables con movimientos rutinarios, ajenos al teatro que se estaba preparando. Todo estaba listo para su “alta”, aunque aquello no tenía nada de médico ni de humano. No era una salida. Era una escena cuidadosamente diseñada, un acto final ensayado hasta el cansancio.
—Hoy —dijo, rompiendo el silencio con una voz baja y firme, casi deliciosa— voy a destruir a Conny.
Se inclinó un poco hacia el espejo, como si quisiera confesarle su verdad a su propio reflejo.
—Muy pronto