El murmullo en la sala crecía como una marea imposible de contener. Las miradas se cruzaban, las bocas susurraban juicios, y el aire estaba tan cargado que parecía imposible respirar sin ahogarse en acusaciones.
—¡Todo fue un accidente y quieren inculpar a una inocente de la muerte de un bebé! —gritó alguien desde el público, con la voz quebrada, pero firme, como si creyera de verdad en esas palabras.
Fue la chispa que encendió el caos.
—¡Esto es una injusticia!
—¡La están usando como chivo expiatorio!
—¡Pobrecita mujer!
Los comentarios se multiplicaron, superponiéndose unos a otros, hasta formar un ruido ensordecedor. Cada palabra caía sobre Gala como un golpe invisible. Sentía las piernas débiles, el pecho apretado, el corazón desbocado. El mundo parecía inclinarse peligrosamente bajo sus pies.
Gala intentó mantenerse erguida, pero su fuerza se escurría como arena entre los dedos. Aun así, levantó el rostro, buscando compasión, buscando aliados… buscando salvarse.
—Ella es la amante