Jenny se apartó de él como si el contacto quemara. No fue un gesto elegante ni contenido; fue una huida torpe, desesperada, casi animal.
Corrió por el pasillo con la respiración desordenada, el pecho apretado, el corazón golpeándole con una violencia que le hacía doler las costillas. Cerró la puerta de su habitación de un portazo y apoyó la espalda contra la madera, dejándose caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo.
Tenía las manos heladas, aunque el cuerpo entero le ardía. Un miedo pro