Jenny se apartó de él como si el contacto quemara. No fue un gesto elegante ni contenido; fue una huida torpe, desesperada, casi animal.
Corrió por el pasillo con la respiración desordenada, el pecho apretado, el corazón golpeándole con una violencia que le hacía doler las costillas. Cerró la puerta de su habitación de un portazo y apoyó la espalda contra la madera, dejándose caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo.
Tenía las manos heladas, aunque el cuerpo entero le ardía. Un miedo profundo, antiguo, se le estaba metiendo bajo la piel, reptando por sus venas como una sombra que ya conocía demasiado bien. No era solo miedo a lo que había pasado, sino a lo que intuía que aún estaba por venir. A veces el terror no grita; a veces se instala en silencio y espera.
Se levantó como pudo y se recostó en la cama, abrazándose a sí misma. El techo le pareció lejano, irreal. Cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer aunque fuera por unas horas. El cansancio terminó por vencerla, arr