—¡Eres tan manipuladora como la serpiente de tu madre! —escupió él, con los ojos inyectados de furia—. ¡Esto es un plan de las dos, ¿verdad?! ¡Siempre lo fue!
Ella negaba con la cabeza una y otra vez, llorando con el cuerpo encogido, incapaz de articular una sola palabra coherente.
Las lágrimas le corrían por el rostro, calientes, incontrolables, mientras intentaba cubrirse con las manos, como si eso pudiera protegerla de la acusación… o de la vergüenza.
—No… no… —sollozaba—. Yo no quería esto…