—¡Eres tan manipuladora como la serpiente de tu madre! —escupió él, con los ojos inyectados de furia—. ¡Esto es un plan de las dos, ¿verdad?! ¡Siempre lo fue!
Ella negaba con la cabeza una y otra vez, llorando con el cuerpo encogido, incapaz de articular una sola palabra coherente.
Las lágrimas le corrían por el rostro, calientes, incontrolables, mientras intentaba cubrirse con las manos, como si eso pudiera protegerla de la acusación… o de la vergüenza.
—No… no… —sollozaba—. Yo no quería esto…
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo seco.
—¡¿Qué le hiciste a mi hija?! —gritó Romina al entrar.
La escena la golpeó de lleno.
Dos cuerpos apenas cubiertos, sábanas desordenadas, ropa tirada por el suelo como restos de una batalla.
Apenas tuvieron tiempo de cubrir su desnudez. Romina se llevó una mano al pecho, no por pudor, sino por rabia.
—¡Respóndeme! —exigió, avanzando—. ¡¿Qué hiciste?!
En ese instante, Zacarías entró detrás de ella.
El aire se volvió irrespirabl