En el hospital
Zacarías llegó a la azotea con el corazón, golpeándole las costillas como si quisiera escapar de su pecho. Cada latido era una advertencia, un presagio.
El aire helado de la madrugada le mordió la piel y le nubló la respiración, pero no fue el frío lo que lo paralizó. Fue la imagen frente a sus ojos.
Allí estaba Gala.
De pie al borde del vacío, tan frágil y peligrosa al mismo tiempo.
El camisón del hospital se agitaba con violencia por el viento, pegándose a su cuerpo y revelando el vientre abultado que protegía con una mano temblorosa. La otra colgaba hacia la nada, como si ya hubiera aceptado la caída.
Bastaba un solo paso. Uno. Nada más.
Los guardias de seguridad y la policía llegaron detrás de Zacarías, formando un semicírculo tenso. Nadie hablaba.
Nadie respiraba con normalidad. El miedo se espesaba en el aire.
—¡Zac! —gritó ella, con la voz quebrada, los ojos rojos, desbordados—. ¡Me odias! ¡Me odias y por eso quieres que muera!
Él apretó los puños con tanta fuerza