En el hospital
Zacarías llegó a la azotea con el corazón, golpeándole las costillas como si quisiera escapar de su pecho. Cada latido era una advertencia, un presagio.
El aire helado de la madrugada le mordió la piel y le nubló la respiración, pero no fue el frío lo que lo paralizó. Fue la imagen frente a sus ojos.
Allí estaba Gala.
De pie al borde del vacío, tan frágil y peligrosa al mismo tiempo.
El camisón del hospital se agitaba con violencia por el viento, pegándose a su cuerpo y revelando