Camely y Zacarías salieron de la habitación con cuidado, cerrando la puerta tras de sí, dejando a las niñas finalmente dormidas y tranquilas.
La luz tenue de la tarde caía sobre ellos, iluminando sus rostros cansados y tensos.
Camely caminaba lentamente, el peso de la situación reflejado en cada paso, mientras Zacarías mantenía una expresión dura, sus manos apretadas en puños a los costados, como si el simple contacto con la realidad pudiera desgarrarlo por dentro.
Al salir, Camely rompió el silencio con voz suave, casi temblorosa:
—Zacarías… por favor… no odies a mi hermano. Vamos a revisar qué está pasando, no podemos actuar solo con miedo o rabia… por favor.
Zacarías la miró, su ceño fruncido mostrando la lucha interna entre la ira y la razón. Respiró hondo antes de hablar, su voz firme y seca:
—Voy a casarme con tu hermana, Zac —dijo Orson de repente, interrumpiendo el momento, avanzando hacia ellos con paso decidido—. Responderé como un hombre.
Camely lo miró, sorprendida, con los