Camely llevó a las niñas a casa en silencio. Durante el trayecto, las pequeñas no dejaron de hablar, de reír, de mencionar una y otra vez a “papito”, como si esa palabra fuera algo natural, cotidiano, inevitable. Camely, en cambio, sentía que cada sílaba le apretaba el pecho. Sonreía por ellas, asentía cuando era necesario, pero por dentro su corazón estaba hecho trizas.
Al llegar, les preparó de comer. Se movía por la cocina con gestos automáticos, colocando platos, sirviendo jugo, cortando la comida en porciones pequeñas. Después, como premio, les hizo un postre. Uno de esos que solía preparar cuando quería verlas felices: dulce, suave, con ese toque casero que siempre lograba arrancarles una sonrisa.
—Coman despacio —les dijo—. No se vayan a empachar.
Las niñas obedecieron, felices, ajenas al torbellino emocional que sacudía a su madre. Cuando terminaron, Camely respiró hondo y se sentó frente a ellas. Ya no podía postergar la conversación.
—Niñas… —empezó con voz suave—. ¿Por qué h