Camely llevó a las niñas a casa en silencio. Durante el trayecto, las pequeñas no dejaron de hablar, de reír, de mencionar una y otra vez a “papito”, como si esa palabra fuera algo natural, cotidiano, inevitable. Camely, en cambio, sentía que cada sílaba le apretaba el pecho. Sonreía por ellas, asentía cuando era necesario, pero por dentro su corazón estaba hecho trizas.
Al llegar, les preparó de comer. Se movía por la cocina con gestos automáticos, colocando platos, sirviendo jugo, cortando la