Zacarías salió de la empresa mucho más tarde de lo habitual. El edificio, que durante el día bullía de actividad, ahora parecía un cascarón vacío.
Las luces de varias oficinas estaban apagadas, y el eco de sus propios pasos resonaba en los pasillos como un recordatorio incómodo de lo solo que se sentía. El silencio era denso, casi físico, como si se le hubiera pegado al cuerpo desde hacía semanas, acompañándolo incluso cuando intentaba ignorarlo.
Había pasado el día entero frente a documentos, números, contratos y reuniones interminables.
Respondió correos, firmó autorizaciones y tomó decisiones importantes, pero todo de forma mecánica. Su mente estaba en otro lugar.
Siempre volvía al mismo punto, al mismo objeto, al mismo recuerdo. El anillo. Una y otra vez, la imagen aparecía frente a él con una claridad perturbadora, como una acusación muda que no le permitía seguir adelante ni encontrar descanso.
Subió a su automóvil y condujo sin prisa, sin música, sin llamadas, sin distracciones.