Zacarías salió de la empresa mucho más tarde de lo habitual. El edificio, que durante el día bullía de actividad, ahora parecía un cascarón vacío.
Las luces de varias oficinas estaban apagadas, y el eco de sus propios pasos resonaba en los pasillos como un recordatorio incómodo de lo solo que se sentía. El silencio era denso, casi físico, como si se le hubiera pegado al cuerpo desde hacía semanas, acompañándolo incluso cuando intentaba ignorarlo.
Había pasado el día entero frente a documentos, n